jueves, 13 de mayo de 2010

Hermanas


La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.

jueves, 6 de mayo de 2010

La reliquia

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared no nos abandonaron las desgracias. La urna la había traído tía Flora de uno de sus viajes religiosos, y a través de su lado de cristal se veía una falange incorrupta. Cuando padre se sintió incapaz de soportar semejantes vistas mientras cenaba chupeteando los huesos de conejo, la guardó en el zaguán contra la opinión de madre. Tuvieron que romperse siete platos, la cadera de la abuela y arruinarse media cosecha antes que padre me mandara volver a colocar la reliquia. Jamás hubiese encontrado valor para traducirles las tres palabras inglesas que, grabadas por debajo, acreditaban su indudable origen japonés.

viernes, 2 de abril de 2010

Andersen


Recuerdo al niño. En su cama lee un libro grande, enorme si se le compara con su tamaño, de lomo estrecho y cubierta blanca y dura. Se sumerge en la lectura de los cuentos, en sus ilustraciones imaginadas de historias familiares. Conoce a casi todos los personajes: el patito marginado que se convierte en cisne, un soldadito de plomo sin pierna (le produce una congoja especial que en este no haya final feliz), un emperador estúpido que reina sobre un pueblo estúpido… El último cuento del libro no lo conoce, nunca se lo han contado. Leerlo es como tener fiebre (quizás el niño tiene fiebre y sus padres le han comprado el libro para que no se aburra); habla de una reina hermosa y fría, y dentro del cuento cuentan otros cuentos que no llega a comprender (¿es muy pequeño o es la fiebre?). Además le cuesta creer que una mujer que aparece tan bella en las ilustraciones pueda ser tan mala; le gustaría que fuera a él a quien secuestrara esa Reina de las Nieves y volar en trineo, y contemplar la soledad de ese reino gélido de cristal. Pero también quiere que le rescate el calor y los besos del amor de una niña que le quiera. Le cuesta dormirse, tiene frío aunque la frente le brilla de sudor, y no deja de darle vueltas: el cuento es demasiado complicado. Pero a partir de entonces, cada vez que coja el libro grande y blanco, será sólo para leer esa historia aunque no la entienda del todo, porque no la entiende del todo. A partir de entonces siempre será así.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Dylan, Fresán y otras visiones

Las sensaciones, los recuerdos de las sensaciones, se me despiertan a veces de un modo abrupto e inextricable. Saltan de sus escondites en alguna neurona olvidada, desde algún cajón cerebral oxidado, azuzados por disparaderos sorprendentes. En esta ocasión ha sido una frase en el último libro de Fresán; una frase, un verso, que no es suyo – quizás ahora ya no sea de nadie para poder ser universal –, y que hoy me impacta como la primera vez que la leí.

Temblaba todavía la lápida de mármol sobre el cadáver del dictador muerto el año anterior. Los policías llevaban metralleta y cara de mala leche, y vestían de un gris “final de época”. Las pintadas en los muros de Moratalaz aún se tapaban con brochazos de pintura, pero el esmero de los censores decaía, y a través de las aspas y cruces negras se podían seguir leyendo los mensajes subversivos; y nosotros todavía teníamos catorce años. En mi casa aún no había ninguna radio con FM y hacía muy poco que había entrado el primer equipo: un Dual-Bettor compacto con radio, solo onda media, pletina y tocadiscos. No conocía casi nada de música: no tenía hermanos mayores que me introdujeran en las tendencias recientes y el primer disco me lo había regalado mi padre: en la funda se veía la cara de los cuatro de Liverpool, pero el título era algo así como “Paul Mauriat interpreta a The Beatles”, lo que no ayudó precisamente a que me interesara por la música y provocó que ya no me reconciliara del todo con los Beatles jamás. A Dylan le descubrí merendando en casa de un compañero de colegio, uno de esos a los que se llevó después la distancia. Tenía el “Desire”, recién salido, y a mí me encantó la voz rasgada de aquel judío con pinta de hippy. Así que, una vez hecho el descubrimiento de algo “moderno” que me gustaba solo faltaba comprar un disco, mi primer disco, ¿pero cuál? El asesoramiento musical en el grupo de amigos del colegio recaía en Tati. Tenía hermanos mayores, discos de pop y rock de los 60 y 70, y hasta un pickup en su cuarto. Y sabía de música.

La tienda de discos,“Los Sotanos “, estaba en la Gran Vía, a media hora en el Veinte más un rato añadido caminando desde Sol. Para mí el viaje hasta el centro todavía tenía algo de aventura, y aquel, además, tuvo algo de iniciático, con Tati, Quique y yo atravesando calles en busca de un disco que nunca había oído. Por algún motivo reconstruyo el recuerdo como un improbable día otoñal, con el olor de las castañas asadas de los puestos de Callao y a un Tati con una barba imposible por temprana. Quique salió de allí son el “Wish you were here”, también su primer disco,, Tati con uno de los Stones y yo, con un disco doble de hacía diez años, el “Blonde on blonde”. Al llegar a casa lo escuché muchas veces seguidas; hallé la que a partir de entonces sería mi canción favorita, “Y want you”, flipé con la música y las letras y, escondida en una canción llena de remordimiento, descubrí la frase:

The ghost of ’lectricity howls in the bones of her face

Where these visions of Johanna have now taken my place

Un grito visible, un fantasma aullador, una calavera electrificada, el ser remplazado por las visiones de otro. No entendía nada y eso me encantaba. Memoricé los versos sin querer, como una huella de aquel día, de aquellos años, y me siguen asaltando involuntariamente desde entonces; siguen oliendo a disco nuevo, a mundos por descubrir, a frases por descifrar. A amistad.

A Fresán me lo descubrió otro amigo, Andrius, muchos años después. Tomándose una tregua en su costumbre de regalarme por mi cumpleaños discos cada vez más extraños e inaudibles, me sorprendió con un libro, “La velocidad de las cosas”, de un autor desconocido para mí. Me resulta imposible explicar por qué me encuentro tan cómodo, tan identificado con el modo de escribir de algunos escritores; como si, de algún modo extraño, casi esotérico, participara de su modo de narrar anticipándome a lo que sigue a continuación. Me ocurre con distintos estilos, pero de un modo quizás más gratificante con cierta forma argentina –en los dos sentidos – de creación. Borges, Bioy Casares, Cortazar forman parte de un mundo al que a partir de entonces se unió Fresán.

En “El fondo del cielo”, su último libro, –parece que, afortunadamente, Andrius ha renunciado definitivamente a seguir regalándome música –, y a pesar de que me ha parecido algo discontinuo, he vuelto a encontrarme con ese estilo denso y confortable. Y con los versos de Dylan (dos veces). Medio perdidos en tantos fines del mundo como tiene el libro, subrayan impactos que se me hacen guiños a gustos comunes. También alguna vez tuve la intención de utilizar las mismas palabras para un relato que no fue y que ahora ya no será definitivamente, pero, mientras en este momento vuelve a crepitar el vinilo, me hace entender la violenta tentación de usarlas una vez que se han escuchado, aunque como dice el final de la canción:

The harmonicas play the skeleton keys and the rain

And these visions of Johanna are now all that remain

lunes, 21 de septiembre de 2009

Insurrección

Dice la canción que a la gente no gusta que uno tenga su propia fe y, aunque deberíamos estar acostumbrados, hay momentos que te pillan con la guardia baja y te sorprendes viviéndolos demasiado cerca y con demasiada intensidad. La dificultad de aceptar al otro como algo distinto parece ser directamente proporcional a la cercanía al grupo tribal al que se supone que uno debe pertenecer, da igual que sea país, pueblo (el de las casitas o el otro), clase social, ideología política, religión o familia. Si se supone que uno está dentro de cualquier grupo, la primera norma parece ser la renuncia a la disidencia, seguir al líder o a la corriente de opinión imperante; callar o mejor aún, dar la razón cabeceando para asentir en el coro de ovejas que se retroalimentan de sus propias aseveraciones, cada vez más pobres y baratas. Si hoy en día cuesta aceptar a los que no son como nosotros –la secta necesita reforzar su identidad como grupo excluyente – que decir cuando el diferente es “uno de los nuestros”. La diferencia se convierte entonces en traición imperdonable; se oye el rumor de las ovejas cuchicheando y apenas se ve la sombra de los dedos señalándote la espalda, siempre la espalda. Enhorabuena, has sido marcado.
Siempre se puede escapar, a veces con más dolor que otras, de cualquier grupo, incluso de los que no se eligen, de los que te vienen asignados como un pecado original indeleble en el momento que apareces en el mundo. Cualquier cosa merece la pena con tal de no renunciar a la propia identidad. Cualquier cosa.

jueves, 20 de agosto de 2009

Futuros

Las interrogaciones se acumulan en el cielo. Se apelotonan formando nubes de concavidades girando y tronando locas, sin sentido. Cuando descargan, de vez en cuando, solo dejan caer una lluvia fina de puntos suspensivos.

sábado, 23 de mayo de 2009

Ausencias

Un desconocido utiliza mis noches para soñar con calles desiertas, castillos iluminados y fuegos artificiales.