domingo, 19 de septiembre de 2010

Hospital


Desde el fondo de la habitación del hospital, ya en la penumbra del atardecer, veo pasear por el pasillo iluminado a los pacientes uniformados de azul celeste. Figuras lentas, encorvadas, empujando con el mismo paso cansino el mismo árbol del que cuelgan las mismas bolsas de suero y medicación. No hablan, ni hacen ruido. Arrastran los pies y tardan una eternidad en pasar por delante del umbral. Alguno se para en la entrada de la habitación oscura, y echa un vistazo sin brillo antes de seguir con su monótono peregrinar. Yo me encojo un poco más en el sillón de las visitas y bajo los ojos haciendo como que leo un libro de Benedetti. Me está costando terminarlo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El don de la oportunidad


Papá solía morirse dos veces al día, en cualquier momento y sin avisar. Los de la funeraria, hartos de subir y bajar el ataúd vacío los cuatro pisos cada dos por tres, terminaron abandonándolo apoyado en una pared del descansillo. A nosotros nos dejaban puesto el traje de luto día y noche por si acaso y los vecinos, en vez de saludar, nos daban el pésame cada vez que nos los cruzábamos por la escalera. Hasta la segunda vez de ese domingo que se murió interrumpiendo la partida de cinquillo que mamá, excepcionalmente, ganaba a sus amigas y harta decidió: “¡No aguanto más! Mañana mismo le incineramos”.

jueves, 13 de mayo de 2010

Hermanas


La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.

jueves, 6 de mayo de 2010

La reliquia

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared no nos abandonaron las desgracias. La urna la había traído tía Flora de uno de sus viajes religiosos, y a través de su lado de cristal se veía una falange incorrupta. Cuando padre se sintió incapaz de soportar semejantes vistas mientras cenaba chupeteando los huesos de conejo, la guardó en el zaguán contra la opinión de madre. Tuvieron que romperse siete platos, la cadera de la abuela y arruinarse media cosecha antes que padre me mandara volver a colocar la reliquia. Jamás hubiese encontrado valor para traducirles las tres palabras inglesas que, grabadas por debajo, acreditaban su indudable origen japonés.

viernes, 2 de abril de 2010

Andersen


Recuerdo al niño. En su cama lee un libro grande, enorme si se le compara con su tamaño, de lomo estrecho y cubierta blanca y dura. Se sumerge en la lectura de los cuentos, en sus ilustraciones imaginadas de historias familiares. Conoce a casi todos los personajes: el patito marginado que se convierte en cisne, un soldadito de plomo sin pierna (le produce una congoja especial que en este no haya final feliz), un emperador estúpido que reina sobre un pueblo estúpido… El último cuento del libro no lo conoce, nunca se lo han contado. Leerlo es como tener fiebre (quizás el niño tiene fiebre y sus padres le han comprado el libro para que no se aburra); habla de una reina hermosa y fría, y dentro del cuento cuentan otros cuentos que no llega a comprender (¿es muy pequeño o es la fiebre?). Además le cuesta creer que una mujer que aparece tan bella en las ilustraciones pueda ser tan mala; le gustaría que fuera a él a quien secuestrara esa Reina de las Nieves y volar en trineo, y contemplar la soledad de ese reino gélido de cristal. Pero también quiere que le rescate el calor y los besos del amor de una niña que le quiera. Le cuesta dormirse, tiene frío aunque la frente le brilla de sudor, y no deja de darle vueltas: el cuento es demasiado complicado. Pero a partir de entonces, cada vez que coja el libro grande y blanco, será sólo para leer esa historia aunque no la entienda del todo, porque no la entiende del todo. A partir de entonces siempre será así.